19.4.10

Día 7. Último día, todo concluye al fin.

Sin concluir la canción que es inevitable que sigamos en nuestra cabeza después de leer el titulo, proseguiré a relatar el último día de nuestra epopeya veraniega. Es que ya el verano quedó muy atrás, pasaron días, meses y esto no se terminaba de relatar. Pero no soy de defraudar a los lectores, así que aunque nadie le importe, termino con esto.
Igual, sus expectativas son medio al pedo. Mucho no queda por contar. Tengan en cuenta que este último día fue principalmente la vuelta. Y la vuelta era temprano, por eso las caras al despertarnos, no eran de “pocos amigos”, eran, mas bien, de “paso todos mis cumpleaños comiendo pizza de delíveri viendo a Mirta”, principalmente Kuro nos mostró una faceta mas de su personalidad además de la “soy la persona mas querible del mundo” y “te puedo hacer cagar en las patas solo con palabras” y nos demostraba que su estado anímico era para tenerle respeto. Con esto no quiero no asumir cuestiones que me hacen protagonista. ¿Qué digo con esto? Ahora les relato ¡Impacientes!
La primer actividad en el día era la de desarmar las carpas y ordenar todo. No es fácil destruir, en pocas horas, lo que habíamos logrado transformar en nuestro “hogar” la última semana. Había que ordenar mucho, evitar perder nada y hasta gravar un último, y quizás más flashero, video de nomamesguay. Entre todas esas cosas, yo tenía que guardar mi bolsa de dormir. Claro parece una tarea fácil, todos los que se acercaban a “ayudarme” decían los mismo. “No tenés campamento pibe” repetían todos burlándose. Era cierto, mi experiencia acampamentil (esperen, que la RAE me llama para pedirme esta palabra para el diccionario) era muy escasa, pero lo escaso que había tenido era con esa bolsa de dormir, sabiendo que era un reverendo quilombo enrollarla. Y así que, tres personas, varios intentos, y una furia animal crecida dentro de mí, fueron necesarios para lograr meter esa puta bolsa de dormir en la bolsita esa de mierda. Teníamos todo listo. Un verde claro estaba en donde antes existía un lugar de risas, pelotudeo, partidas de truco y ricas meriendas. Pero todo se tiene que dejar atrás, o uno llora como un pelotudo y es tildado de “puto llorón” por el resto. Había bastante tiempo antes de la partida del micro, perfecta excusa para tomar los últimos mates con nuestros amigos de la proveeduría. En estos mates, quizás un poco más desanimados por el mal humor mañanero y la tristeza de la despedida, terminamos nuestras charlas, grabamos un video careta bien necesario y me tomaron a mí de chivo expiatorio.
Peeeeero nada es infinito y el tiempo tampoco. Por mas que el momento era muy digno de una despedida, no hay tal cosa como un buen final. Mientras mas “bueno”, mas ganas de quedarte hay y, si bien me podría quedar a vivir un tiempo mas, Buenos Aires nos esperaba con su calor y su rutina. Ni bien el termo se vació la hora de los remises (y los remises, porque medio que la hora era sólo un concepto medio al pedo, sin los vehículos correspondientes) había llegado. Dejar el “camping del fuerte” atrás, y, principalmente, a su guardián negro, peludo y fiel: Roque, no era nada fácil. Un “chau” era insuficiente para ese lago, ese chorro y ese cerro.
Por suerte llegábamos a la terminal. Ya lo leyeron al principio. La terminal ayuda a dejar todo atrás. Lo feamente ubicada que está, mas el calor y la sed que teníamos generaba la sensación ideal para querer irnos a la mierda(o Buenos Aires, como sea). Si solo relato, lo difícil y deprimente, que fue mi búsqueda de un puto quiosquito en los alrededores, al momento de comprar una bebida, ya saca toda la melosidad del “relato despedida” y comprende la necesidad de una vuelta. Por suerte la espera no fue grave, el micro llego a horario y pudimos, cómodamente, subir nosotros y las cosas a él.
No voy a mentir, estábamos hechos mierda. Ya no dábamos más. La vuelta fue poco glamorosa, y mucho menso molesta (para el resto) que la ida. Incluso con Mati adentro esta vez, que resistió, no se como, la tentación de hacer el nomamesguay frente a muchos desconocidos. Supongo que uno no puede predecir a la gente con solo conocerla una semana, y tenía mas sentido del ridículo del que apostaba. Algunos dormimos, otros leímos y otros charlamos, yo, como habrán deducido por la composición gramatical de la frase anterior, hice todo eso. Pero lo interesante del viaje fue la partida de truco final. Había un “bueno” pendiente para demostrar que la pareja de truco de gLUp y yo era muy superior a Dani y Juli. Pero no fue fácil demostrarlo hay que decir. Parecían varios los kilómetros que nos separaban todavía de la capital, y entonces varios los minutos de juego. Era cierto, pero no fueron pocos ni minutos ni kilómetros, lo que duro esa partida ardua y victoriosa para quien les escribe y su coequiper. Para cuando habíamos terminado, ya la General Paz nos prestaba su pavimento, para que la recorriera el bólido de dos pisos (la mierda, que me den un Pulitzer o un Novel por semejante metáfora). También me puteaba mi viejo por no haberle avisado antes en donde estaba.
Lo bueno es que Buenos Aires nos recibió con todo lo que tenia, en la entrada a Liniers había demasiados micros en frente, y una espera interminable para solo tres cuadras. Y cuando por fin pudimos bajar, un calor agobiante nos demostraba que todos los que nos decían por teléfono “acá hace un calor infernal” no mentían (bastante pelotudo habría sido que lo hagan la verdad). Luego de bajar y salir de la terminal todos buscaban su vuelta a casa. Es que el compañerismo es lindo, pero una cama lo es más aun. Padres, abuelos y remises eran necesarios para separarnos unos de otros. Las primeras en irse fueron gLUp y Kurosawa, que no tardaron ni cinco minutos en mandar un “los extraño” por mensaje de texto. Sin dudarlo, la forma más cursi de gastar quince centavos. Los siguientes en irnos fuimos Sol y yo ya que, al ir para el mismo lado, se podía compartir a mi viejo. El resto, supuse que volvió bien.
Y así rápidamente, llevados por diferentes autos, Mati, el distraído, director, actor y jodon profesional, Jui, el hombre calmo, pensador, capas de describir y sintetizar pensamientos y pelotudeces maravillosamente, Sol, la madre postiza que nos cocino y cuidó mientras nos educaba sobre Perón, gLUp, la meticulosa planeadora y directora de excursiones, quien se aguanto los chistes herejes, Kurosawa, quien es adorable y tenebrosa por parte iguales, Dani, el hombre que come o el Tarzán que nos hubiera salvado si se acababa la civilización por sus conocimientos de maderas, y finalmente yo Roberto (o Fede, como me llaman todos) quien caliente, jodona y pelotudamente, les trae este relato verdadero, aunque no lo crean, se fueron separando, dejando atrás mucho mas que un campamento en Tandil, mas bien una cuna de charlas, canciones, historias, fotos y videos, como lo fue este Campamento Heavy Metal

9.4.10

Día 6: El centinela, la casa y los fantasmas. Por Roberto Françoice

Que épico sonó este titulo ¿no? Bueno es meritorio para un día interesante y, prácticamente, el último en nuestra recorrida.
Si mi memoria de futuro ladr….historiador no me falla, ese día nos despertamos, rápido y con entusiasmo. Íbamos hacia el último cerro, el Centinela, que tenía una de las piedras más interesantes (o más bien la única) para ver en la zona: El Idem. Cantamos todos juntos, tomala vos, dámela a mí, y nos fuimos todos en un remis. Y si, habíamos caminado, andado en bici, remado y nadado, nos permitimos ser bacanes por una vez y aprender lo que es la combustión interna de un bólido automovilístico(como 50 puntos en el scrable esta frase). Entonces el camino fue laxo y rápido. Lleganos todos al parador del cerro, casi al unísono. En ese momento empezamos a decidir para donde ir. Las aerosillas (que bien podría ser el nombre de un superhéroe de una mueblería) eran caras y medio al pedo, por no llevar a ningún lugar, principalmente. Así es como fuimos al lado contrario. Claro solo para descubrir que a los pocos metros nos encontraba el famoso “centinela”. Nuestra decepción hacia lo bajo de los cerros del lugar ya era moneda corriente. Por no decirlo de forma buena y letrada, el cerro era una caquita.
Las fotos obligadas al lado de la imponente roca (no es sarcasmo créanme esta buena la piedra esa, tan raramente puesta) y varias no obligadas con nuestro ya común tinte pelotudo, estuvieron a la orden del día. Pero es después de este lapso, que llegó el momento culmine del día y uno de los más importantes dentro del viaje. En el camino (muy corto) de vuelta hacia le parador, se nos ocurrieron, en medio del pelotudeo, lo que fue la expresión máxima de nuestra creatividad boluda en todo el viaje (que como venia siendo no es para nada poco decir): La saga “Nomamesguay”. Explicar el porque de este nombre, o como fueron estos videos altamente guionados en el momento, es mucho mas aburrido de lo que fue en realidad. Así que en su momento verán los resultados (una película cuyo trailer ya se puede encontrar en facebook y youtube), pero mucho más no se puede adentrar en el tema sin ser justo con semejante producción.
Luego de la espera de los remises, partimos hacia nuestro último almuerzo digno en las tierras tandilenses. Repetimos arroz si no me equivoco (mi duda es con la noche si no fue en ese momento que lo comimos, porque seguro, seguro arroz hubo ooooootra vez ese día). Pero sin locuras existenciales en el almuerzo. El primer descanso post comida también fue tranquilo. La idea era hacer un segundo fogón, y por lo tanto el tema de las ramas esta vez tenía que ser mejor planeado. No por nada Dani y Mati decidieron no ir al centro, como el resto tenia planeado, para quedarse y juntar cosas para quemar (que esperábamos, sean ramas y no esposas de bateristas comos se hace en estos días). Se dedicaron en el cerrito de al lado, que a la tarde no era tan tenebroso como les parecerá a la noche. Sin adelantar de más la cosa, vuelvo por la parte que me compete, fuimos para el centro para visitar y comprar los prometidos regalos.
Lo lindo de visitar por segunda o tercera vez un centro urbano en vacaciones es que te lo apropias. Si tenes minimamente buen instinto de ubicación, vas a acordarte calles negocios y hasta un camino corto para ir de un punto a otro. Pero, si te pasa como a gLUp que no lo tiene muy desarrollado, también es interesante que cada vuelta de esquina sea como una aventura nueva. No quiero decir que el pánico tomo a nuestra compañera por rehén, mas bien ella se deja llevar por los que tienen mas idea de donde están y o por lo menos no admiten, como ella, que “siempre es para el otro lado al que digo”. Sin ánimos de bardeo hacia nuestra colega(o me pregunten colega de que carajo), prosigo comentando nuestra ultima visita. En este caso el lugar a buscar no era un lugar conocido, o más bien ubicado previamente, si no, uno de los atractivos mas grandes de la ciudad: “temporada de quesos”, no solo la casa mas antigua de la ciudad, no solo la única esquina sin ochava de todo el conglomerado urbano, era también (y principalmente) el almacén de quesos y fiambres mas tentador del mundo. Sin adelantar a su descripción, comento que a pesar de las indicaciones de nuestro amigo “quemado” (también en quien venimos a confiar nosotros) y algunas otras cosechadas, no encontramos fácilmente el lugar. Solo tuve que rebajarme a pedir indicaciones cosa, que todos saben, es una humillación para alguien nacido XY.
Pero antes la parada pedida era la catedral. Aunque no lo crean yo era uno de los que pedía esa parada. De afuera era muy linda y prometía lo mismo de adentro. Entre casi temblando de no deshacerme. Mi mirada atónita la ver que no desaparecía la entrar en suelo sagrado fue a la par de mis compañeros (Juli y gLUp nomás porque las chicas restantes se quedaron arafue por respeto o mas bien lo contrario) al creer que yo e iglesia nunca iban a estar juntos en una oración y menos en un mismo espacio físico temporal dimensional. Ojo también entró Roque (no lo había mencionado antes porque era absolutamente obvio que estaba en este contexto como en todos los demás) que, como buen perro, no sabe leer un cartel de “no pasar” y se costó en el medio justo del cerquito que delimitaba. Menos mal que no tienen alma los perros. No quiero ser malo, pero lo que prometió la iglesia (como casi todo lo que proponen los amigos del pontífice) no lo cumplió ni en pedo. Al salir, mi comentario iba a ser correcto y moderado, pero fue tapado por “es medio garcha” de gLUp, que fue mas acertado.
Caminamos unas pocas cuadras (nada esta guaaaaaauu que lejos en un pueblo/ciudad del interior), mientras Juli sacaba cuanto graffiti original había (que para lo contrario al imaginario que se palpaba del manilense promedio, eran bastante “zurditos”). Y finalmente llegamos. “Es mi versión del paraíso” dijo Sol de una forma no solo absolutamente acertada, si no un poco en contradicción con su anticlerical, posición. Pero es que digo yo, lectores y lectoras y lectoros, con mi recalcitrante ateismo hasta rompe-pelotas, nunca dude tanto de la existencia de dios como en ese lugar. Combinar historia con queso y salame, para mí por lo menos, es como un lugar sacadamente genial (claro ante la mirada de gLUp que decía internamente: “ves te dije que existía y ahora te vas a ir al infierno por pelotudo”). “Temporada de quesos” o “La vieja esquina” es absolutamente así. Compramos varias cosas, sobre todo para familias y, en mi caso, el impuesto al viajero laboral (que si faltaba en la oficina me cortaban las tripas y hacían achuras lo puedo asegurar). Pero, principalmente, unos productos para probar en el momento. Claro, estábamos dejando afuera a los que no se habían copado en venir. Y un poco a Roque que tanto no lo queríamos como para darle un salame carito. Es así como fuimos al super, a comprar lo necesario para la cena y para la picada improvisada. Momento en el cual Roque vuelve a no entender una consigna humana y entra la super a saludarnos cuando estábamos pagando. Pobre Roque fue negado por nosotros “no es mi perro” dijimos. Pobre negado tres veces antes de que el gallo cante, justo después de ser aceptado en una iglesia.
Nos sentamos en la plaza, luego del fallido intento reiterado de conseguirme novia tandilense, y nos dimos nomás una panzada de embutidos y queso que fue un momento TOP del viaje sin duda.
Volvimos rápido, dudando si contar o no semejante “traición” (no cuenta como traición, pero suena más épico ¿no?). Decidimos dejarlo bajo la alfombra y comprar las papas para hacer a las brasas para contentar a los que esperaban.
De la cena hay poco que comentar. Solo hubo atisbos de lo que iba a ser el fogón. Kurosawa pasaría en pocos segundos de ser una muchacha simpática buena, que no parecería hacer daño a una mosca, a tener el poder de hacer temblar a dos jóvenes que hasta la doblaban en altura. En medio de las conversaciones empezó a revelar sus conocidas historias de fantasmas. El pueblo Gallego es grande, tiene comida, bosques y muchas características más, pero sobre todo tiene un anecdotario de espíritus y fantasmas que claramente era efectivo para las miradas temblorosas de Dani y Mati.
Luego de terminar de juntar las ramas en la oscuridad, ambos mencionados dudaban mucho de si iban a pedir o no que complete la historia que, ya desde el comienzo (que casi nunca es la parte jodida de un relato además), los había hecho dudar de su masculinidad. Pero en la fogata, el ambiente se imponía, era necesario que Kuro continúe asustando principalmente a estos dos hombres (no voy a negar que no había sugestión en mi también, pero la confesión previa de Kuro de “no me creo ni en pedo en estas boludeces” hacia que mucho ya no me logre cagar). Su poder era genial, contaba de tal forma que sin moverse podría haber vencido a estos dos hombres en batalla que, casi literalmente, terminaron pidiendo piedad al final de la noche.
Luego de las historias, el fogón daba para cursilerías. Era la última noche y el comentar sobre nosotros y decirnos palabras bien homosexuales estaba a la orden del momento. También hacer las papas, que fue la obsesión de Mati mientras decíamos nuestros elaborados discursos (el mío concluyó en “putos váyanse a la mierda” traducción de gLUp: “los quiero chicos”).
Apagado el fuego (mas por el viento que por acción nuestra), nos dirigimos a las carpas a boludear un rato, comer las papas, y seguir cagandonos (literal y figurativamente hablando). Después, la obligada dormida, ya que el día que venia era el último y más corto, había que dejar el campamento temprano, pero eso es otra historia, la última.